Vivencias cusqueñas

Era la quinta vez que volvía a Coyllority. Muchas de las veces había vuelto con distintas personas, por distintas y variadas razones. En cada viaje siempre se me revelaba algo nuevo, estas revelaciones se hacían de manera explicita con la ayuda de algún viejo amigo, otras revelaciones menos explicitas se presentaban con detalles de la misma fiesta, descubiertos a fuerza de observación . Los que viven en la ciudad del Cusco y conocen, disfrutan de sus fiestas, pueden, haciendo un sencillo ejercicio de comparación, notar grandes diferencias entre unas y otras. Se puede fácilmente identificar una fiesta inventada para el apetito cultural de ilusos, de aquellas que tienen raíces en la memoria colectiva del hombre andino. También se encuentran notables diferencias entre las que están contaminadas del sucio ideal filosófico de las sociedades consumistas, de aquellas que no persiguen ningún fin consumista. Las fiestas que están estructuradas para marcar diferencias sociales y establecer un orden ideal aunque sólo fuese por unos cuantos días.
Coyllority es una de las fiestas que no tiene ninguna pretensión de generan un ambiente de consumo irracional. Es una de las pocas, si no es la única fiesta religiosa que prescinde del alcohol para entusiasmar y sensibilizar a sus fieles; por consecuencia los pequeños monstruos del comercio no han sembrado sus horribles paneles publicitarios, los mezquinos amantes del Cusco turístico, no han construido hotelitos y restaurantes en el camino. Los cazadores de cultura viva no matan a 4,800 msnm. Todos esos roedores se quedan, se hacen a un lado, no es un espacio para ellos, quisieran transformarlo en nombre del desarrollo pero sus cerebros se comprimen y desisten. Con esto quería apuntar a la particularidad de Coylloritty; la fiesta o mejor dicho el ritual comienza desde la intención que mueve al peregrino para viajar cinco horas en bus sobre camino de herradura, y luego emprender una ligera caminata de cuatro horas hasta llegar a la gran estrella de nieve.
Al llegar uno se encuentra con una pequeña ciudad hecha a manera de campamento de refugiados, con carpas improvisadas. Tiendas que sirven de comedores para decenas de viajeros que necesitan alimento caliente y mates (infusiones) que los reanimen después del viaje. A las faldas del gran Apu se organizan todos los visitantes. Los danzantes parecen ser incansables, no dejan de bailar y seguir el ritmo de sus músicos que también son infatigables. Los visitantes frente a un rito de magnitudes como esta somos simplemente convidados de piedra.

En Braddy Romero Weblog

Autor: Braddy Romero | Fecha: 19/06/2006
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